- Deberían prohibir el fútbol y no los toros-pensó Daniel encendiendo un cigarrillo-. Y agregó con voz ronca: "un país con toros y sin fútbol, ése sí que sería un país culto.
- ¿Un país qué? -oyó farfullar a Amandine desde los adentros de las sábanas y de las mantas- ¿un país qué?.
-Nada, marquesa, -le contestó alto Daniel- estaba hablando sólo para variar. Tiró violentamente de las sábanas y de las mantas y le dio un cachete en el culo apremiándola: "¡venga, vístete que va a venir tu padre!".
- ¿Mi padre? -replicó Amandine sumergiéndose otra vez en las profundidades- ¿tú no sabes que yo soy huérfana?.
Daniel encendió otro cigarrillo y miró por la ventana tapándose con las cortinas de olor a tabaco.
- Lechuza, -susurró para sí- gitana.
Amandine emergió otra vez del fondo, pelirroja, nívea y se desesperezó.
-Hay que ver cómo eres,- le reprochó en un bostezo- ni siquiera sabías que soy huérfana.
Sonó el timbre. Ella y él cruzaron una mirada y desviaron la mirada. El timbre volvió a sonar.

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