Nos mudamos a Ciudad Expo el día mismo en que enterraban a Juan III: un abril sábado azul después de la ídem. Arribábamos mi familia infantil, muchos otros colonos y otras tantas cuadrillas del camión de mudanzas. Nos dieron manojos de llaves, la bienvenida a Ciudad Expo y el mundo, hasta entonces hostal, se llenó lleno de jardines, de flores, de setos, de agua y de cielos abiertos. No recuerdo mucho es cierto, de aquella jornada inaugural: recuerdo el calor, claro, que el Betis no ganó tampoco y a los libros a pares saltar de las cajas reclamando su anaquel con impaciencia: "!queremos dormir", gritaban por ejemplo los Karamazov y los Goncourt a quienes contemplo de reojo dieciseis años más tarde, ahí arriba, a la izqda., en el centro de la enésima estantería, fraternalmente recostados desde entonces.
La rotonda de Mairena era en aquella primavera del 93 una redonda coqueta cuajada de flores con seis cipreses, tres palmeras y fresco césped recién regado. A un lado, un par de quilómetros, presidido por el monumento, bullía San Juan, caótico, zoco, de Aznalfarache y ajeno como sigue estándolo hoy a todo lo que no sea su vivero de vida, intrigas e inmigrantes. Al otro languidecía Mairena centro, el arrabal donde se parlaba un andaluz ni siquiera parecido al andaluz materno sino una lengua-lengua en sí misma, atroz y cañaveral, si es que ese adjetivo existe aunque debiera.
La rotonda era otra cosa, ni más ni menos que el nasciturus del corazón del Aljarafe.
Nosotros, los colonos, lo sabíamos, y nos lo decían los ancianos, las mujeres y los niños a quienes todo deben estas páginas.
"Los hombres, es verdad,/ con eso colgando por delante,/ somos poco pero poco interesantes", me advierten en verso los hermanos Machado que recuerdan borrosos en su anaquel aquellos días azules y aquel sol de la infancia de mis dos hijas, la mayor y la pequeña.
También vino un perrillo con nosotros.
La rotonda de Mairena era en aquella primavera del 93 una redonda coqueta cuajada de flores con seis cipreses, tres palmeras y fresco césped recién regado. A un lado, un par de quilómetros, presidido por el monumento, bullía San Juan, caótico, zoco, de Aznalfarache y ajeno como sigue estándolo hoy a todo lo que no sea su vivero de vida, intrigas e inmigrantes. Al otro languidecía Mairena centro, el arrabal donde se parlaba un andaluz ni siquiera parecido al andaluz materno sino una lengua-lengua en sí misma, atroz y cañaveral, si es que ese adjetivo existe aunque debiera.
La rotonda era otra cosa, ni más ni menos que el nasciturus del corazón del Aljarafe.
Nosotros, los colonos, lo sabíamos, y nos lo decían los ancianos, las mujeres y los niños a quienes todo deben estas páginas.
"Los hombres, es verdad,/ con eso colgando por delante,/ somos poco pero poco interesantes", me advierten en verso los hermanos Machado que recuerdan borrosos en su anaquel aquellos días azules y aquel sol de la infancia de mis dos hijas, la mayor y la pequeña.
También vino un perrillo con nosotros.

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